Es bastante normal que cuando nos miramos al espejo no nos sintamos satisfech@s con lo que vemos, sea por motivos más superficiales (como ser más alta, más delgada, pelo rubio, etc.) o más graves, como por ejemplo quienes descubrimos que nos jugaron una mala pasada cuando se repartieron los genes.
De lo que ya no estoy tan segura es si a otras personas les sucede que se sorprenden al cruzarse con un espejo.
Cierto que mi cara, mi cuerpo, los conozco hasta el más mínimo detalle por el simple motivo de que
son míos desde que nací. En cambio me sucede que las veces que he tenido la oportunidad de ser durante un considerable período de tiempo
yo misma, sin tener que recurrir a trucos ni máscaras (porque me haya invitado una amiga a su casa, haya disfrutado de una larga y amigable charla telefónica o chateara durante un buen rato), cuando después he afrontado la realidad de mi reflejo me ha resultado extraño lo que allí encontré. A veces simple sorpresa. En otras ocasiones, no pudiendo contener el llanto.
Desconozco su origen, no sé de dónde ha salido ni cómo, pero en esos momentos en los que me olvido de todo, cuando
desconecto de esta realidad, aparece en mi mente una imagen muy clara de mí misma como chica: mi físico, mis rasgos, mis gestos, todo, cada detalle. Tanto es así que
al regresar me descubro torpe en este cuerpo tan grande y tan pesado, tan torpe y falto de gracia, como si estuviese metida en un aparatoso traje de buzo. Más curioso me resultó advertir que yo, con mi habitual lengua de trapo, atorándome continuamente en palabras y faltándome poco para comenzar en ocasiones a tartamudear, cuando me sumerjo en estos mágicos momentos no sólo mi tono cambia, al igual que la cadencia de mi voz, sino que además habló con total y absoluta fluidez.
¿Qué sentido tiene?
Entonces lo que pienso es que sí, que realmente me dieron un traje que no era para mí, que se equivocaron en la tienda y me enviaron una ropa que no sólo me queda grande, sino que además no se adapta a mí. Y peor aún, se olvidaron de darme el libro de instrucciones de su funcionamiento.
Fue cuando empecé a intuir
mi situación que traté de encontrar una razón a todo lo que me estaba pasando. La busqué en el terreno psicológico, en el psiquiátrico, en el físico, en lo social... y en el espiritual. En todos ellos encontré alguna explicación, más o menos creíble o tangible, pero hoy me quedaré con el último.
No soy religiosa, me defino como agnóstica convencida, pero sí creo en la reencarnación. Y siendo así me planteé la posibilidad de que quizá todo esto que sentía no fuera más que el eco de una existencia anterior. Que quizá algún factor hubiese abierto una puerta a mi pasado y éste hubiera brotado intentando retomar el control. Eso explicaría esa nítida imagen que guardo de mí misma, pues no se trataría de una simple imagen, sino de un recuerdo; lejano, pero un recuerdo al fin y al cabo. ¿Es posible que algo en otra vida hubiese quedado pendiente y se presentase en ésta, intentando reclamar una segunda oportunidad?
No lo sé, es una idea tan descabellada como romántica, más aún por otras cosas que me han ido sucediendo pero que aún no me atrevo a contar.